viernes, 11 de marzo de 2016

ANNA PAVLOVA EN VENEZUELA 1917

La célebre bailarina rusa Anna Pavlova.
La magnífica bailarina rusa Anna Pavlova convirtió “La muerte del cisne” en una obra maestra mundial y en el símbolo del ballet ruso. Actuó en América Latina realizando innumerables giras desde 1915 hasta 1928, visitando Cuba, México, Perú, Chile, Uruguay, Argentina, Brasil, Venezuela, Panamá y Costa Rica.
En 1917, la famosa Anna Pavlova, visitó Venezuela realizando funciones en Caracas y Puerto Cabello. El hecho causó una admiración tan grande que hasta el mismo Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República, hombre asiduo a las artes, disfrutó su perfomance y mandó a hacer para la célebre invitada, un cofre en cuya tapa se podía leer el apellido de la artista hecho en morocotas, monedas de oro de la época, como obsequio por sus presentaciones triunfales en tierra venezolana.
Aquella visita tuvo como principal valor que despertó un interés inusitado por el ballet. Por tal motivo, es considerado como el comienzo del arte dancístico en Venezuela, ya que, a raíz de ciertas gestiones del Presidente Gómez su difusión se expandió considerablemente en el país.
Sentidas palabras de la famosa bailarina rusa Anna Pavlova para Venezuela y el General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República, quien le obsequió un hermoso presente en agradecimiento por sus actuaciones en nuestro país.

Debut de Anna Pavlova en el Teatro Municipal de Caracas
Teatro Municipal de Caracas.
El libro escrito por Carlos Salas “100 Años del Teatro Municipal”, señala sobre la histórica visita de la gran bailarina rusa, lo siguiente:
“Al concluir el año 1917 fue presentada Anna Pavlova, traída a Caracas por la Sociedad de Cines y Espectáculos. Esta notable compañía de ballet, se estrenó la noche del 17 de noviembre de 1917 con el siguiente programa:
Primera parte: “La muñeca encantada”, de Iván Claustine.
Segunda parte: “La noche de Walpurgis”, de la ópera Fausto, de Gounod; y “Divertissements”, de Jemandowski; “Pas de trois”, de Strauss; “La Libélula” de Kreisler; “Minuet”, de Paderewski; “Pizzicato”, polka de Drigo; “Vals de la Primavera”, de Meyer Helmund y “Gavota Pavlova”, de Lincke, bailada por la Pavlova y el notable bailarín Volinini.
En otras funciones de la compañía de Anna Pavlova presentó los siguientes bailables: “La flauta mágica”, de Drigo; “Invitación a la danza”, de Karl Von Weber; “Amarilla”, baile dramático egipcio; “Chopinianas”, de Chopin; “La muerte del Cisne”, baile escrito especialmente para la Pavlova por Miguel Fokine sobre la música de Saint-Saens, y “Giselle”, en un arreglo de Claustine para Anna Pavlova.
El 1 de diciembre de 1917, fue celebrado el homenaje a la excelsa bailarina con el siguiente programa:
1. “Orfeo”, baile de la ópera del mismo nombre.
2. “Copos de nieve”, de Tchaikowski.
3. “Divertissements”, con la Pavlova, el gran Volinini y todo el cuerpo de baile.
El 6 de diciembre de 1917,  fue la despedida de la compañía con un programa variado en el que se estrenó “La Gavota Gutiérrez”, dedicada a la gran bailarina por el maestro compositor Pedro Elías Gutiérrez.
A la Pavlova, como a muchas otras artistas de valía, dedicaron bellísimas crónicas y versos, nuestros más prestigiosos poetas, entre ellos A. J. Calcaño Herrera que ofrendó a la genial bailarina el siguiente soneto:
Anna Pavlova en La Muerte del Cisne
A un trémolo brillante, de tal suerte
surge la diosa, en el lunar paisaje,
que finge un ave huyendo en el follaje
donde sintió los pasos de la muerte. . .
Maravilla del Arte, se convierte
en un cisne ideal; y al mismo encaje
palpita con el ansia de un plumaje
hasta que al ave se doblega inerte.
Y en ilusión poética imagino
que al volver, temblorosa, al camerino
y desprenderse de sus níveas galas
nota en su cuerpo sonrosadas huellas...
las cuales sueño que no son más bellas
en un cisne privado de las alas.
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A la gran bailarina Anna Pavlova le gustaban las excursiones, y aquí en Caracas visitó el Paseo El Calvario, observando los cisnes de la fuente, que en tiempos pasados hubo allí”.
En la revista cultural venezolana “Actualidades”, de fecha 19 de noviembre de 1917, aparecen publicadas unas fotografías de Anna Pavlova, tomadas por el fotógrafo venezolano Luis F. Toro “Torito”.

La Pavlova en el Teatro Municipal de Puerto Cabello
Anna Pavlova, la famosa reina del ballet mundial, se presentó también en el Teatro Municipal de Puerto Cabello, el 20 de diciembre de 1917. La célebre bailarina rusa, luego de finalizar sus actuaciones en la ciudad de Caracas, capital de Venezuela, decidió emprender su gira artística a Colón, Panamá, pero al no encontrarse disponibles barcos para realizar el viaje desde La Guaira, su compañía tuvo que trasladarse hasta Puerto Cabello (Edo. Carabobo).
El tiempo que demoró la tramitación para embarcarse y poder zarpar rumbo a Panamá en el barco “El Guárico”, le permitió actuar en el Teatro Municipal de Puerto Cabello por casualidades del destino. Aproximadamente unas doscientas personas acudieron desde la capital carabobeña a la cita por tren y automóvil. Esa noche Anna Pavlova, interpretó Hojas de Otoño y La Muerte del Cisne, entre otras danzas.
“Cuando se abrió el telón, reinaba un silencio religioso. Por fin apareció en el escenario la radiante sacerdotisa de la danza, vestida de blanco... Venía de recorrer ochocientos mil kilómetros en todas las latitudes del mundo. Sonó la música de Saint-Saens, y aquella mujer etérea, se volvió un cisne. Los abanicos de sus alas danzan y danzan... Y ya moribundo, se agotan y el cisne muere.
Así describió el valenciano don Luis Taborda, en una de sus crónicas, su impresión sobre la famosa bailarina que  deslumbró a los venezolanos.
Como homenaje y recuerdo a su memoria el Teatro Municipal de Puerto Cabello bautizó una de sus salas con su nombre.
“Desde que Anna Pavlova, por obra y gracia de su genio insuperable, puso ante nuestros ojos atónitos el prodigio de su arte, el baile, que hasta entonces tenía su modesta culminación en los elementos de Opera más o menos seleccionados, y en una que otra danzarina de segundo orden, cobró de pronto su verdadero prestigio al traducirse en la expresión clara y sublime de aquellos poemas de color y euritmia de las inolvidables noches pavlovanas.
Desde entonces la danza clásica, fue revelación en nuestra conciencia”.  Así lo relató para la revista venezolana “Billiken”, Pepe Moya, el 26 de septiembre de 1931.

RECUERDOS DE UNA PRINCESA DE LA DANZA
Escrito por: Anna Pavlova.
Mis primeros recuerdos remontan a la época en que vivía con mi madre en un pequeño apartamento en San Petersburgo. Era hija única y mi padre había muerto cuando yo tenía dos años. Mi madre era una mujer piadosa y me enseñó a recitar oraciones ante el ícono santo de nuestro salón: una Virgen de rostro dulce y triste, cuya mirada parecía bajar hacia mí con inefable expresión de ternura. Fue mi amiga, y todas las noches le confiaba mis pequeñas cuitas y mis magras alegrías de niña.
Éramos muy pobres, y sin embargo mi madre halló siempre el medio de procurarme algunos placeres inesperados. Así, en las Pascuas, tenía siempre el huevo gigantesco y simbólico, lleno de juguetes ocultos. Para quien me decía: “Vas a ver el país de las Hadas”.
La música de “La Bella del Bosque Durmiente” es de nuestro gran Tchaikovsky. Desde los primeros compases de la orquesta, me volví grave y me sentí turbada por el primer estremecimiento de la Belleza, y cuando se alzó el telón no pude contener un grito de alegría.
En el segundo acto, una deliciosa teoría de jovencitas y de donceles danzan un vals exquisito.
¿No querrías tu bailar así? Me preguntó mi madre sonriente.
Oh! No, respondí, querría bailar como la bella dama del bosque durmiente. Algún día, yo seré la Beldad durmiente y como ella, danzaré aquí, en este teatro.
Mi madre murmuró yo no sé qué cosa, sin darse cuenta de que yo acababa de encontrar la idea directriz de toda mi vida.
Cuando salimos del teatro y durante todo el camino de regreso, la idea de convertirme en una bailarina fue para mí una obsesión, y se lo manifesté a mi madre.
Mi pequeña Niura, díjome, haré que aprendas a danzar y cuando estés en edad de casarte te conduciré al baile.
Pero yo no pensaba en el baile sino en el ballet de la Opera. Persistí tenazmente en mi resolución.
Mi madre no quería que la abandonara para entrar en la escuela de baile; pero al fin se resignó. La consideración de nuestra pobreza la decidió a consentir en el sacrificio, pensando en el día que ella me faltara y estuviera yo sola enfrente de la lucha por la vida.
Los reglamentos prohibían aceptar alumnas en la escuela de danza antes de los diez años, y hubo que esperar. El día preciso de mi décimo aniversario fuimos a casa del director de la Escuela del Ballet Imperial. Fui aceptada y lloré de alegría más que lo que lloré por la separación de mi madre. Mi vida estaba definitivamente trazada.
Entrar en la Escuela del Ballet Imperial era ingresar en un convento, en donde toda frivolidad está proscrita y en donde reina una regla inflexible y una disciplina de hierro. Todas las mañanas a las ocho, el repique solemne de una gran campana no despertaba, y nos vestíamos bajo la mirada severa e inquisidora de una gobernante a quien incumbía el cuidado de velar porque nuestras manos estuvieran bien frotadas, nuestras uñas cuidadas y pulidas, y los dientes convenientemente cepillados y blancos. Una vez listas íbamos a la oración matinal, cantada por unas alumnas mayores ante un ícono, bajo el cual ardía una lámpara vacilante de luz rojiza. A las nueve nos servían el desayuno, de té, pan y manteca, y enseguida comenzaba la lección de danza.
Estábamos todas reunidas en una vasta pieza clara, de elevado plafón, amueblada únicamente por algunos bancos, un piano y enormes espejos, y en cuyos muros colgaban retratos de soberanos rusos. Después de la lección, al mediodía, la campana anunciaba la hora del almuerzo, al fin del cual se nos conducía al paseo. De regreso de este, hacíamos algunos ejercicios más, hasta la hora de la comida; después de la cual nos permitían algunos minutos de vagar, antes de recomenzar nuevos ejercicios de esgrima, de música y de ensayos de danzas destinadas a ser representadas en el Teatro Marinsky. Los días de fiesta nos llevaban a los teatros imperiales, para ver los dramas de nuestros grandes autores rusos y los del repertorio francés en el Teatro Michel.
Me acuerdo que una vez, estando muy pequeña todavía, el Emperador Alejandro III y varios miembros de la familia imperial, vinieron a asistir a una de nuestras representaciones. Después del baile, el Zar tomó en sus brazos a mi amiguita Stanislaya Belinskaya y la besó. Yo rompí a llorar, diciendo: “Quisiera que el Emperador me tomara también en sus brazos”. El Gran Duque Wladrmiro, riendo, me hizo sentar sobre sus rodillas; pero recuerdo que eso no me satisfizo.
A los diez y seis años dejé la escuela de baile, y obtuve el derecho de ser llamada “primera danzante”, que es un título meramente oficial. Más tarde obtuve el de “bailarina”, que sólo cuatro poseemos hoy en Rusia.
La lectura de la vida de la Taglioni, me despertó el deseo de figurar en las escenas del extranjero. La célebre bailarina italiana, danzaba en Londres, Viena, París y en la propia San Petersburgo, donde todavía se conserva el molde de su pie diminuto y prodigioso.
Uno de los primeros ejercicios de la futura bailarina es aprender a tenerse sobre las puntas de los pies. Al principio no es posible tenerse más de un segundo; pero gracias al ejercicio metódico, se logra adquirir una fuerza suficiente en los músculos de los dedos para poder dar algunos pasos en esa guisa, al principio con embarazo, como quien empieza a patinar, después a medida que se va adquiriendo seguridad, se llega a caminar sobre la punta de los dedos con perfecto desenfado. Luego de haber triunfado sobre esta dificultad inicial, la discípula se familiariza con una multitud de pasos variados y complicados, y además de los movimientos del ballet clásico, aprende danzas nacionales e históricas, el minueto, la mazurca, las danzas húngaras, italianas, españolas.
Como en todas las ramas del arte, el éxito depende del mayor esfuerzo, de la iniciativa individual y de la mayor cantidad de trabajo posible. Una bailarina que llega a la perfección no puede permitirse el reposo, y si quiere conservar su virtuosidad, es indispensable que haga ejercicios todos los días, de igual manera que un virtuoso del piano.
La bailarina debe saber adoptar actitudes graciosas y variadas sin cesar, de suerte que el espectador no experimente ninguna lasitud ante gestos demasiado monótonos.
Mi primera tounée por el extranjero comenzó en Riga, en 1907. Las calles tortuosas, las casas góticas de esta ciudad no son rusas, sino alemanas. Los buenos alemanes de Riga me hicieron una acogida encantadora. Seguí a Estocolmo, Copenhague, Praga y Berlín, y en todas partes mis danzas fueron acogidas como la revelación de un arte insospechado.
En Estocolmo, el rey Oscar vino a ver nuestros bailes. Un día fui sorprendida por un Chambelán de la Corte, quien venía a informarme que Su Majestad deseaba verme en su palacio, y a poco un carruaje llegó en mi busca. El rey me recibió dirigiéndome un discurso lleno de gracia, para expresarme su gratitud por el placer que mis danzas le habían dado. El viejo rey me confesó que entre todas prefería las danzas meridionales, especialmente las españolas. El benévolo gesto del rey me enorgulleció sobremanera; pero encontré mucho más encantadora aún la espontaneidad de la muchedumbre, que una noche quiso escoltarme triunfalmente desde el teatro hasta mi hotel.
En la muchedumbre había gentes de todas condiciones: burgueses, empleados, obreros, costureritas, floristas, vendedoras de almacén. Todos seguían mi carruaje en silencio y se estacionaron delante del hotel, hasta que me hicieron saber que esperaban verme mostrar al balcón. Me asomé y una tempestad de hurras rompió aquel largo silencio, y cantaron aires nacionales en mi honor. Yo me devanaba los sesos sin lograr expresarles mi emoción. Al fin se me ocurrió una idea: penetré en mi cuarto y volví con los manojos de flores que me habían tirado en la escena, y arrojé a la muchedumbre las rosas, las lilas, las violetas y los lirios. La multitud continuaba aplaudiendo al pié de los balcones. Un tanto embarazada ante aquella insistencia, dije a mi camarera:
“¿Qué he hecho, pues, para provocar en ellos tal entusiasmo?”
“Señora, me respondió, vos los habéis hecho felices permitiéndoles olvidar por una hora la tristeza de la vida”. La respuesta de aquella sencilla campesina rusa, daba a mí arte un fin nuevo.
El año siguiente partí para Leipzig, Praga y Viena. En estas capitales dancé el arrobador “Lago de los Cisnes” de nuestro Tchaikovsky y más tarde revelé el arte del ballet ruso en París. En Londres tuve el honor de danzar ante Sus Majestades el rey Eduardo y la reina Alejandra, y en seguida comencé una gira por América que fue una verdadera marcha triunfal; pero que me impuso fatigas enormes. Habitaba el tren especial que nos transportaba a todos lados a través de millares de leguas. Aconteció muchas veces que llegábamos a una ciudad con el tiempo justo de ir al teatro para la representación y una vez terminada ésta se nos expedía, o mejor, se nos fulminaba como una tromba, a la estación del ferrocarril, para seguir rodando vertiginosamente otras doce o veinte y cuatro horas, hacia otra ciudad y otra representación. La prueba fue decididamente demasiado fuerte para mis nervios, y a pesar de que en América han querido que vuelva, confieso que me falta la fuerza para realizar aquella travesía fulgurante al través del nuevo continente.
He charlado tanto de mi persona, que ya me siento con ánimo de aprovechar la coyuntura para responder públicamente a una pregunta que se me hace a menudo. ¿Por qué no me caso? La respuesta es simplísima. Estimo que una verdadera artista debe sacrificarse enteramente a su arte, y que no le es dado llevar una existencia semejante a la que las demás mujeres desean y anhelan. A la artista le están prohibidos los tranquilos goces del hogar y los dulces quehaceres de la familia. El arte no permite rivales.
El viento del norte agita los pinos del bosquecillo que bordea mi quinta, el bosquecillo aromado de resinas en donde, de niña, amaba pasearme en los crepúsculos y soñar.
Las estrellas brillan en la melancolía aterciopelada de la noche. He terminado mi relato ingenuo, y al trazar los últimos renglones he comprendido mejor la ventaja de la unidad simplista de mi vida: perseguir siempre y sin reposo, un fin único: el éxito. Lo he encontrado, no en los aplausos del teatro, sino en la íntima y segura satisfacción de haber cumplido mi destino.
Cuando niña creí que el éxito me traería la felicidad. Me engañaba. La dicha es como la mariposa versicolor e inquieta, cuya aparición encanta un instante, y después huye….
ANNA PAVLOVA.
(Publicado en el Periódico “El Nuevo Diario”. Año 1913).
Anna Pavlova, la insuperable bailarina rusa, falleció a la edad de 49 años como consecuencia de una neumonía que se complicó, durante una gira por los Países Bajos. Se negó a realizarse una operación y murió de pleuresía en la habitación del hotel en donde se hospedaba en La Haya. Murió, el 23 de enero de 1931, ocho días antes de que la consagrada artista cumpliera medio siglo de vida. Antes de su último suspiro, la Pavlova solicitó que le trajeran el traje del cisne que actualmente se exhibe como una preciada reliquia en el Grand Opera de París.
Sus restos fueron incinerados y sus cenizas colocadas en un columbario, conjuntamente con la cenizas de su marido Víctor Dandré, en el Crematorio Golders Green en la ciudad de Londres (Inglaterra).
Bajo los auspicios de los “Archivos Internacionales de la Danza" tuvo lugar últimamente en París, una conmovedora exposición de recuerdos de Anna Pavlova, la prodigiosa bailarina rusa, muerta en La Haya, el 23 de enero de 1931. Damos a continuación algunos recuerdos íntimos que debemos a la pluma de Víctor Dandré, marido de la célebre bailarina, y publicados precisamente con ocasión de esa retrospectiva exposición:

ANNA PAVLOVA EN LA INTIMIDAD
Escrito por su marido: Víctor Dandré.
“El 12 de febrero de 1881, nació en San Petersburgo, dos meses antes de tiempo, una chiquilla débil y delicada. Sus padres decidieron bautizarla inmediatamente, lo que se llevó a cabo el 13 de febrero. Junto a la pila bautismal se le dio el nombre de Anna; la fiesta de esa santa caía en ese mismo día.
Durante varios días la niña fue puesta entre algodones, y una pequeña llama de vida brillaba débilmente en ella. Un poco más tarde tuvo que luchar con diversas enfermedades infantiles: Escarlatina, difteria, etc. De la edad de 4 años, jugando cerca de la mesa de té se enredó con el mantel tumbando el “Samovar” y se quemó la mano izquierda: Esta marca le quedó para toda su vida.
Para mejorar la salud de la pequeña se dispuso ponerla al cuidado de su abuela, que habitaba en Ligovo (población cerca de St. Petersburgo). Un cálido afecto nació entre la pequeña Niura, como se la llamaba en familia, y la abuela, quien se entregó completamente a cuidar a la nieta. La niña por su lado se apegó de todo corazón a su abuela. Este afecto duró hasta la muerte de la viejecita. La vida del campo le fue provechosa a la niña. Con el aire puro se desarrolló volviéndose cada día más fuerte.
Ligovo, que es hoy en día una pequeña ciudad, era por aquel entonces una aldea rodeada de campos y bosques. Esta vida en medio de la naturaleza severa y melancólica de la Rusia septentrional produjo sobre la chiquilla una impresión que no se borró jamás. La niña carecía de distracciones. La familia de Niura era pobre. La niña encontraba un placer especial a la llegada precoz de la primavera, en coger por los campos las campanillas blancas. Ana conservó siempre una especial ternura por esas flores. Su alegría brotaba espontánea con la llegada de la primavera y la aparición de las primeras flores. Corría por los bosques en pos de grandes mazos de lirios que abundaban en esos campos austeros. En verano jugaba alegremente cortando flores y recogiendo las bayas, y en otoño los hongos. Los inviernos de nieves espesas tenían también su encanto. Esta naturaleza penetró profundamente en el alma de la niña que desde esa edad conservó para siempre en la vida ese sentimiento de comprensión y belleza que no la abandonó jamás.
Para los que conocieron a Anna Pavlova le sería imposible remplazar su imagen por una descripción; pero para los que nunca la vieron y para las generaciones del futuro creo necesario hacer una descripción de su exterior, y por eso quiere citar su “Retrato Literario” concebido por el crítico inglés Cyril W. Beaumont.
En su necrología de la Pavlova él escribe:
“Poseía un cuerpo admirable, hecho para la danza. Tenía bellas manos de afilados dedos; sus pies, sobre todo el empeine, eran soberbios. Tenía un rostro pálido y ovalado, la frente alta, cabellos oscuros y grandes ojos color de cerezas maduras. Su cabeza estaba perfectamente bien puesta sobre un cuello de cisne; su expresión tenía algo de poético, de incitante, de autoritario, conscientemente cambiante como el rostro de la naturaleza. Su cuerpo era un instrumento de los más sensibles, respondía a las inspiraciones de la danza y vibraba al menor contacto”.
Al primer golpe de vista la Pavlova en traje de calle no producía ningún efecto. Según confesión de periodistas y espectadores parecía imposible admitir que esta mujer de rostro pálido y de apariencia frágil y delicada pudiese ser Anna Pavlova, la creadora escénica de tantas imágenes llenas de gracia, hechicera y vigorosa maestra del arte coreográfico. Pero al fijar sus ojos en el interlocutor y empezar a hablar producíase un brusco cambio por el milagro de su conquistadora individualidad. Esa gracia extraordinaria la conservaba en su vida privada. Sus movimientos eran tan delicados, tan armoniosos, llenos de tal atractivo, que los que la veían vivir, experimentaban un irresistible sentimiento de seducción tan solo de verla pasearse, o de servir el té o de oírla hablar de cosas banales.
La Pavlova poseía unas manos tan expresivas que tomaban parte en su conversación. La artista ilustraba tan elocuentemente sus palabras y sus pensamientos, que aún los que no comprendían la lengua que hablaba, adivinaban por el movimiento de sus manos de qué se trataba, con todos los más ínfimos detalles, que ella tenía el dón de transmitirlos a su auditor. Su cuello extraordinariamente bello, formaba una línea de una armonía perfecta desde la cabeza hasta los hombros. Las líneas de su cuerpo estaban maravillosamente bien proporcionadas. Hasta su muerte conservó su silueta juvenil que fue el asombro de todas sus modistas. Sus piernas delicadas y finas, sus pies de prodigioso empeine eran fuertes e incansables.
Los periodistas y los representantes de revistas de modas preguntaban con insistencia su secreto: “¿De qué medio se valía para conservar ese cuerpo de muchacha?”.
No le creían cuando aseguraba que comía de todo exceptuando comidas demasiado pesadas y que todo su secreto consistía en la moderación, y en el gran número de ejercicio físicos que contiene la danza.
Otro secreto que intrigaba a los que la rodeaban era la belleza de su piel. En efecto, estando obligada durante años y años a darse un maquillaje diario, ¿Cómo conservaba esa frescura? Los curiosos quedaban desilusionados cuando ella les respondía que en toda su vida sólo había usado la vaselina blanca.
Desde pequeña la Pavlova adoraba a los animales. A su salida de la Escuela Imperial le fue obsequiado un soberbio “Leomberg”. Más tarde el célebre explorador polar Sedoff le trajo de la Tierra Nueva un perro polar (laika) de una belleza excepcional pero muy salvaje; se escapaba con frecuencia de la casa hasta que un día desapareció para siempre. Durante varios años la Pavlova crió un magnífico bull-dog inglés, llamado “Bull”. Todo el mundo lo conocía y era popular en St. Petersburgo; en América se compró un “boston-terrier”, “Poppy”, que durante muchos años nos acompañó en nuestras largas jiras a través de la América del Norte y del Sur.
Una de las causas por la cual la Pavlova había escogido a “Ivy-House” para su residencia, era por su gran jardín a todo el largo del “Golders Green Park”, que daba la impresión que la casa estaba separada de toda la vecindad por un enorme espacio de verdura. Además la sedujo el canto de los pájaros cuando por primera vez visitamos este jardín.
Durante muchos años esa casa había estado deshabitada, el jardín se encontraba en el más completo abandono y los pájaros lo habían tomado como lugar de residencia. Se la limpió, se la transformó varias veces, pero los pájaros nunca la olvidaron. Desde las primeras horas de la mañana se oían sus gorjeos y podía uno imaginarse fácilmente que estaba muy lejos de la ciudad. Adornaron el jardín de “Ivy-House” muchos matorrales llenos particularmente de mirlos blancos y negros, y de innumerables pájaros que se consideraban allí como en su casa en plena seguridad, multiplicándose cada día.
Poco tiempo después de nuestra instalación en "Ivy-House" le regalaron a Anna dos cisnes. El macho se llamaba “Jacques”, un soberbio pájaro grande y huraño, que no permitía que nadie se le acercase. Fue a costa de mucho trabajo que la Pavlova pudo llegar a apresarlo.
Habiéndose habituado a la casa, rodeándose de una gran familia, "Jacques" volvióse más y más familiar y acabó por habituarse a la Pavlova. Ella lo ponía sobre sus rodillas y rodeaba su cuello con el largo cuello del cisne, quien soportaba todo sin protestar.
Una gran discordia brotó entre los cisnes acabando con la paz familiar. "Jacques" le tomó aversión a uno de los cisnes más jóvenes y éste escogiendo una compañera huyó al parque vecino donde fundó un nuevo hogar.
"Jacques", el patriarca de la familia, murió poco tiempo después de nuestra partida. De regreso no encontramos más que tres cisnes; poco tiempo después la mujer de “Jacques" murió a su vez quedando en el nido tan sólo dos cisnes.
VÍCTOR DANDRÉ.
(Traducción Revista “ELITE”, el 12 de mayo de 1934).
Las cenizas de Anna Pavlova colocadas en un columbario, conjuntamente con las de su marido Víctor Dandré, en el Crematorio Golders Green de la ciudad de Londres (Inglaterra).

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