viernes, 11 de marzo de 2016

ANNA PAVLOVA EN VENEZUELA 1917

La célebre bailarina rusa Anna Pavlova.
La magnífica bailarina rusa Anna Pavlova convirtió “La muerte del cisne” en una obra maestra mundial y en el símbolo del ballet ruso. Actuó en América Latina realizando innumerables giras desde 1915 hasta 1928, visitando Cuba, México, Perú, Chile, Uruguay, Argentina, Brasil, Venezuela, Panamá y Costa Rica.
En 1917, la famosa Anna Pavlova, visitó Venezuela realizando funciones en Caracas y Puerto Cabello. El hecho causó una admiración tan grande que hasta el mismo Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República, hombre asiduo a las artes, disfrutó su perfomance y mandó a hacer para la célebre invitada, un cofre en cuya tapa se podía leer el apellido de la artista hecho en morocotas, monedas de oro de la época, como obsequio por sus presentaciones triunfales en tierra venezolana.
Aquella visita tuvo como principal valor que despertó un interés inusitado por el ballet. Por tal motivo, es considerado como el comienzo del arte dancístico en Venezuela, ya que, a raíz de ciertas gestiones del Presidente Gómez su difusión se expandió considerablemente en el país.
Sentidas palabras de la famosa bailarina rusa Anna Pavlova para Venezuela y el General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República, quien le obsequió un hermoso presente en agradecimiento por sus actuaciones en nuestro país.

Debut de Anna Pavlova en el Teatro Municipal de Caracas
Teatro Municipal de Caracas.
El libro escrito por Carlos Salas “100 Años del Teatro Municipal”, señala sobre la histórica visita de la gran bailarina rusa, lo siguiente:
“Al concluir el año 1917 fue presentada Anna Pavlova, traída a Caracas por la Sociedad de Cines y Espectáculos. Esta notable compañía de ballet, se estrenó la noche del 17 de noviembre de 1917 con el siguiente programa:
Primera parte: “La muñeca encantada”, de Iván Claustine.
Segunda parte: “La noche de Walpurgis”, de la ópera Fausto, de Gounod; y “Divertissements”, de Jemandowski; “Pas de trois”, de Strauss; “La Libélula” de Kreisler; “Minuet”, de Paderewski; “Pizzicato”, polka de Drigo; “Vals de la Primavera”, de Meyer Helmund y “Gavota Pavlova”, de Lincke, bailada por la Pavlova y el notable bailarín Volinini.
En otras funciones de la compañía de Anna Pavlova presentó los siguientes bailables: “La flauta mágica”, de Drigo; “Invitación a la danza”, de Karl Von Weber; “Amarilla”, baile dramático egipcio; “Chopinianas”, de Chopin; “La muerte del Cisne”, baile escrito especialmente para la Pavlova por Miguel Fokine sobre la música de Saint-Saens, y “Giselle”, en un arreglo de Claustine para Anna Pavlova.
El 1 de diciembre de 1917, fue celebrado el homenaje a la excelsa bailarina con el siguiente programa:
1. “Orfeo”, baile de la ópera del mismo nombre.
2. “Copos de nieve”, de Tchaikowski.
3. “Divertissements”, con la Pavlova, el gran Volinini y todo el cuerpo de baile.
El 6 de diciembre de 1917,  fue la despedida de la compañía con un programa variado en el que se estrenó “La Gavota Gutiérrez”, dedicada a la gran bailarina por el maestro compositor Pedro Elías Gutiérrez.
A la Pavlova, como a muchas otras artistas de valía, dedicaron bellísimas crónicas y versos, nuestros más prestigiosos poetas, entre ellos A. J. Calcaño Herrera que ofrendó a la genial bailarina el siguiente soneto:
Anna Pavlova en La Muerte del Cisne
A un trémolo brillante, de tal suerte
surge la diosa, en el lunar paisaje,
que finge un ave huyendo en el follaje
donde sintió los pasos de la muerte. . .
Maravilla del Arte, se convierte
en un cisne ideal; y al mismo encaje
palpita con el ansia de un plumaje
hasta que al ave se doblega inerte.
Y en ilusión poética imagino
que al volver, temblorosa, al camerino
y desprenderse de sus níveas galas
nota en su cuerpo sonrosadas huellas...
las cuales sueño que no son más bellas
en un cisne privado de las alas.
************
A la gran bailarina Anna Pavlova le gustaban las excursiones, y aquí en Caracas visitó el Paseo El Calvario, observando los cisnes de la fuente, que en tiempos pasados hubo allí”.
En la revista cultural venezolana “Actualidades”, de fecha 19 de noviembre de 1917, aparecen publicadas unas fotografías de Anna Pavlova, tomadas por el fotógrafo venezolano Luis F. Toro “Torito”.

La Pavlova en el Teatro Municipal de Puerto Cabello
Anna Pavlova, la famosa reina del ballet mundial, se presentó también en el Teatro Municipal de Puerto Cabello, el 20 de diciembre de 1917. La célebre bailarina rusa, luego de finalizar sus actuaciones en la ciudad de Caracas, capital de Venezuela, decidió emprender su gira artística a Colón, Panamá, pero al no encontrarse disponibles barcos para realizar el viaje desde La Guaira, su compañía tuvo que trasladarse hasta Puerto Cabello (Edo. Carabobo).
El tiempo que demoró la tramitación para embarcarse y poder zarpar rumbo a Panamá en el barco “El Guárico”, le permitió actuar en el Teatro Municipal de Puerto Cabello por casualidades del destino. Aproximadamente unas doscientas personas acudieron desde la capital carabobeña a la cita por tren y automóvil. Esa noche Anna Pavlova, interpretó “Hojas de Otoño” y “La Muerte del Cisne”, entre otras danzas.
“Cuando se abrió el telón, reinaba un silencio religioso. Por fin apareció en el escenario la radiante sacerdotisa de la danza, vestida de blanco... Venía de recorrer ochocientos mil kilómetros en todas las latitudes del mundo. Sonó la música de Saint-Saens, y aquella mujer etérea, se volvió un cisne. Los abanicos de sus alas danzan y danzan... Y ya moribundo, se agotan y el cisne muere”.
Así describió el valenciano don Luis Taborda, en una de sus crónicas, su impresión sobre la famosa bailarina que  deslumbró a los venezolanos.
Como homenaje y recuerdo a su memoria el Teatro Municipal de Puerto Cabello bautizó una de sus salas con su nombre.
“Desde que Anna Pavlova, por obra y gracia de su genio insuperable, puso ante nuestros ojos atónitos el prodigio de su arte, el baile, que hasta entonces tenía su modesta culminación en los elementos de Opera más o menos seleccionados, y en una que otra danzarina de segundo orden, cobró de pronto su verdadero prestigio al traducirse en la expresión clara y sublime de aquellos poemas de color y euritmia de las inolvidables noches pavlovanas.
Desde entonces la danza clásica, fue revelación en nuestra conciencia”.  Así lo relató para la revista venezolana “Billiken”, Pepe Moya, el 26 de septiembre de 1931.

RECUERDOS DE UNA PRINCESA DE LA DANZA
Escrito por: Anna Pavlova.
Mis primeros recuerdos remontan a la época en que vivía con mi madre en un pequeño apartamento en San Petersburgo. Era hija única y mi padre había muerto cuando yo tenía dos años. Mi madre era una mujer piadosa y me enseñó a recitar oraciones ante el ícono santo de nuestro salón: una Virgen de rostro dulce y triste, cuya mirada parecía bajar hacia mí con inefable expresión de ternura. Fue mi amiga, y todas las noches le confiaba mis pequeñas cuitas y mis magras alegrías de niña.
Éramos muy pobres, y sin embargo mi madre halló siempre el medio de procurarme algunos placeres inesperados. Así, en las Pascuas, tenía siempre el huevo gigantesco y simbólico, lleno de juguetes ocultos. Para quien me decía: “Vas a ver el país de las Hadas”.
La música de “La Bella del Bosque Durmiente” es de nuestro gran Tchaikovsky. Desde los primeros compases de la orquesta, me volví grave y me sentí turbada por el primer estremecimiento de la Belleza, y cuando se alzó el telón no pude contener un grito de alegría.
En el segundo acto, una deliciosa teoría de jovencitas y de donceles danzan un vals exquisito.
¿No querrías tu bailar así? Me preguntó mi madre sonriente.
Oh! No, respondí, querría bailar como la bella dama del bosque durmiente. Algún día, yo seré la Beldad durmiente y como ella, danzaré aquí, en este teatro.
Mi madre murmuró yo no sé qué cosa, sin darse cuenta de que yo acababa de encontrar la idea directriz de toda mi vida.
Cuando salimos del teatro y durante todo el camino de regreso, la idea de convertirme en una bailarina fue para mí una obsesión, y se lo manifesté a mi madre.
Mi pequeña Niura, díjome, haré que aprendas a danzar y cuando estés en edad de casarte te conduciré al baile.
Pero yo no pensaba en el baile sino en el ballet de la Opera. Persistí tenazmente en mi resolución.
Mi madre no quería que la abandonara para entrar en la escuela de baile; pero al fin se resignó. La consideración de nuestra pobreza la decidió a consentir en el sacrificio, pensando en el día que ella me faltara y estuviera yo sola enfrente de la lucha por la vida.
Los reglamentos prohibían aceptar alumnas en la escuela de danza antes de los diez años, y hubo que esperar. El día preciso de mi décimo aniversario fuimos a casa del director de la Escuela del Ballet Imperial. Fui aceptada y lloré de alegría más que lo que lloré por la separación de mi madre. Mi vida estaba definitivamente trazada.
Entrar en la Escuela del Ballet Imperial era ingresar en un convento, en donde toda frivolidad está proscrita y en donde reina una regla inflexible y una disciplina de hierro. Todas las mañanas a las ocho, el repique solemne de una gran campana no despertaba, y nos vestíamos bajo la mirada severa e inquisidora de una gobernante a quien incumbía el cuidado de velar porque nuestras manos estuvieran bien frotadas, nuestras uñas cuidadas y pulidas, y los dientes convenientemente cepillados y blancos. Una vez listas íbamos a la oración matinal, cantada por unas alumnas mayores ante un ícono, bajo el cual ardía una lámpara vacilante de luz rojiza. A las nueve nos servían el desayuno, de té, pan y manteca, y enseguida comenzaba la lección de danza.
Estábamos todas reunidas en una vasta pieza clara, de elevado plafón, amueblada únicamente por algunos bancos, un piano y enormes espejos, y en cuyos muros colgaban retratos de soberanos rusos. Después de la lección, al mediodía, la campana anunciaba la hora del almuerzo, al fin del cual se nos conducía al paseo. De regreso de este, hacíamos algunos ejercicios más, hasta la hora de la comida; después de la cual nos permitían algunos minutos de vagar, antes de recomenzar nuevos ejercicios de esgrima, de música y de ensayos de danzas destinadas a ser representadas en el Teatro Marinsky. Los días de fiesta nos llevaban a los teatros imperiales, para ver los dramas de nuestros grandes autores rusos y los del repertorio francés en el Teatro Michel.
Me acuerdo que una vez, estando muy pequeña todavía, el Emperador Alejandro III y varios miembros de la familia imperial, vinieron a asistir a una de nuestras representaciones. Después del baile, el Zar tomó en sus brazos a mi amiguita Stanislaya Belinskaya y la besó. Yo rompí a llorar, diciendo: “Quisiera que el Emperador me tomara también en sus brazos”. El Gran Duque Wladrmiro, riendo, me hizo sentar sobre sus rodillas; pero recuerdo que eso no me satisfizo.
A los diez y seis años dejé la escuela de baile, y obtuve el derecho de ser llamada “primera danzante”, que es un título meramente oficial. Más tarde obtuve el de “bailarina”, que sólo cuatro poseemos hoy en Rusia.
La lectura de la vida de la Taglioni, me despertó el deseo de figurar en las escenas del extranjero. La célebre bailarina italiana, danzaba en Londres, Viena, París y en la propia San Petersburgo, donde todavía se conserva el molde de su pie diminuto y prodigioso.
Uno de los primeros ejercicios de la futura bailarina es aprender a tenerse sobre las puntas de los pies. Al principio no es posible tenerse más de un segundo; pero gracias al ejercicio metódico, se logra adquirir una fuerza suficiente en los músculos de los dedos para poder dar algunos pasos en esa guisa, al principio con embarazo, como quien empieza a patinar, después a medida que se va adquiriendo seguridad, se llega a caminar sobre la punta de los dedos con perfecto desenfado. Luego de haber triunfado sobre esta dificultad inicial, la discípula se familiariza con una multitud de pasos variados y complicados, y además de los movimientos del ballet clásico, aprende danzas nacionales e históricas, el minueto, la mazurca, las danzas húngaras, italianas, españolas.
Como en todas las ramas del arte, el éxito depende del mayor esfuerzo, de la iniciativa individual y de la mayor cantidad de trabajo posible. Una bailarina que llega a la perfección no puede permitirse el reposo, y si quiere conservar su virtuosidad, es indispensable que haga ejercicios todos los días, de igual manera que un virtuoso del piano.
La bailarina debe saber adoptar actitudes graciosas y variadas sin cesar, de suerte que el espectador no experimente ninguna lasitud ante gestos demasiado monótonos.
Mi primera tounée por el extranjero comenzó en Riga, en 1907. Las calles tortuosas, las casas góticas de esta ciudad no son rusas, sino alemanas. Los buenos alemanes de Riga me hicieron una acogida encantadora. Seguí a Estocolmo, Copenhague, Praga y Berlín, y en todas partes mis danzas fueron acogidas como la revelación de un arte insospechado.
En Estocolmo, el rey Oscar vino a ver nuestros bailes. Un día fui sorprendida por un Chambelán de la Corte, quien venía a informarme que Su Majestad deseaba verme en su palacio, y a poco un carruaje llegó en mi busca. El rey me recibió dirigiéndome un discurso lleno de gracia, para expresarme su gratitud por el placer que mis danzas le habían dado. El viejo rey me confesó que entre todas prefería las danzas meridionales, especialmente las españolas. El benévolo gesto del rey me enorgulleció sobremanera; pero encontré mucho más encantadora aún la espontaneidad de la muchedumbre, que una noche quiso escoltarme triunfalmente desde el teatro hasta mi hotel.
En la muchedumbre había gentes de todas condiciones: burgueses, empleados, obreros, costureritas, floristas, vendedoras de almacén. Todos seguían mi carruaje en silencio y se estacionaron delante del hotel, hasta que me hicieron saber que esperaban verme mostrar al balcón. Me asomé y una tempestad de hurras rompió aquel largo silencio, y cantaron aires nacionales en mi honor. Yo me devanaba los sesos sin lograr expresarles mi emoción. Al fin se me ocurrió una idea: penetré en mi cuarto y volví con los manojos de flores que me habían tirado en la escena, y arrojé a la muchedumbre las rosas, las lilas, las violetas y los lirios. La multitud continuaba aplaudiendo al pié de los balcones. Un tanto embarazada ante aquella insistencia, dije a mi camarera:
“¿Qué he hecho, pues, para provocar en ellos tal entusiasmo?”
“Señora, me respondió, vos los habéis hecho felices permitiéndoles olvidar por una hora la tristeza de la vida”. La respuesta de aquella sencilla campesina rusa, daba a mí arte un fin nuevo.
El año siguiente partí para Leipzig, Praga y Viena. En estas capitales dancé el arrobador “Lago de los Cisnes” de nuestro Tchaikovsky y más tarde revelé el arte del ballet ruso en París. En Londres tuve el honor de danzar ante Sus Majestades el rey Eduardo y la reina Alejandra, y en seguida comencé una gira por América que fue una verdadera marcha triunfal; pero que me impuso fatigas enormes. Habitaba el tren especial que nos transportaba a todos lados a través de millares de leguas. Aconteció muchas veces que llegábamos a una ciudad con el tiempo justo de ir al teatro para la representación y una vez terminada ésta se nos expedía, o mejor, se nos fulminaba como una tromba, a la estación del ferrocarril, para seguir rodando vertiginosamente otras doce o veinte y cuatro horas, hacia otra ciudad y otra representación. La prueba fue decididamente demasiado fuerte para mis nervios, y a pesar de que en América han querido que vuelva, confieso que me falta la fuerza para realizar aquella travesía fulgurante al través del nuevo continente.
He charlado tanto de mi persona, que ya me siento con ánimo de aprovechar la coyuntura para responder públicamente a una pregunta que se me hace a menudo. ¿Por qué no me caso? La respuesta es simplísima. Estimo que una verdadera artista debe sacrificarse enteramente a su arte, y que no le es dado llevar una existencia semejante a la que las demás mujeres desean y anhelan. A la artista le están prohibidos los tranquilos goces del hogar y los dulces quehaceres de la familia. El arte no permite rivales.
El viento del norte agita los pinos del bosquecillo que bordea mi quinta, el bosquecillo aromado de resinas en donde, de niña, amaba pasearme en los crepúsculos y soñar.
Las estrellas brillan en la melancolía aterciopelada de la noche. He terminado mi relato ingenuo, y al trazar los últimos renglones he comprendido mejor la ventaja de la unidad simplista de mi vida: perseguir siempre y sin reposo, un fin único: el éxito. Lo he encontrado, no en los aplausos del teatro, sino en la íntima y segura satisfacción de haber cumplido mi destino.
Cuando niña creí que el éxito me traería la felicidad. Me engañaba. La dicha es como la mariposa versicolor e inquieta, cuya aparición encanta un instante, y después huye….
ANNA PAVLOVA.
(Publicado en el Periódico “El Nuevo Diario”. Año 1913).
Anna Pavlova, la insuperable bailarina rusa, falleció a la edad de 49 años como consecuencia de una neumonía que se complicó, durante una gira por los Países Bajos. Se negó a realizarse una operación y murió de pleuresía en la habitación del hotel en donde se hospedaba en La Haya. Murió, el 23 de enero de 1931, ocho días antes de que la consagrada artista cumpliera medio siglo de vida. Antes de su último suspiro, la Pavlova solicitó que le trajeran el traje del cisne que actualmente se exhibe como una preciada reliquia en el Grand Opera de París.
Sus restos fueron incinerados y sus cenizas colocadas en un columbario, conjuntamente con la cenizas de su marido Víctor Dandré, en el Crematorio Golders Green en la ciudad de Londres (Inglaterra).
Bajo los auspicios de los “Archivos Internacionales de la Danza" tuvo lugar últimamente en París, una conmovedora exposición de recuerdos de Anna Pavlova, la prodigiosa bailarina rusa, muerta en La Haya, el 23 de enero de 1931. Damos a continuación algunos recuerdos íntimos que debemos a la pluma de Víctor Dandré, marido de la célebre bailarina, y publicados precisamente con ocasión de esa retrospectiva exposición:

ANNA PAVLOVA EN LA INTIMIDAD
Escrito por su marido: Víctor Dandré.
“El 12 de febrero de 1881, nació en San Petersburgo, dos meses antes de tiempo, una chiquilla débil y delicada. Sus padres decidieron bautizarla inmediatamente, lo que se llevó a cabo el 13 de febrero. Junto a la pila bautismal se le dio el nombre de Anna; la fiesta de esa santa caía en ese mismo día.
Durante varios días la niña fue puesta entre algodones, y una pequeña llama de vida brillaba débilmente en ella. Un poco más tarde tuvo que luchar con diversas enfermedades infantiles: Escarlatina, difteria, etc. De la edad de 4 años, jugando cerca de la mesa de té se enredó con el mantel tumbando el “Samovar” y se quemó la mano izquierda: Esta marca le quedó para toda su vida.
Para mejorar la salud de la pequeña se dispuso ponerla al cuidado de su abuela, que habitaba en Ligovo (población cerca de St. Petersburgo). Un cálido afecto nació entre la pequeña Niura, como se la llamaba en familia, y la abuela, quien se entregó completamente a cuidar a la nieta. La niña por su lado se apegó de todo corazón a su abuela. Este afecto duró hasta la muerte de la viejecita. La vida del campo le fue provechosa a la niña. Con el aire puro se desarrolló volviéndose cada día más fuerte.
Ligovo, que es hoy en día una pequeña ciudad, era por aquel entonces una aldea rodeada de campos y bosques. Esta vida en medio de la naturaleza severa y melancólica de la Rusia septentrional produjo sobre la chiquilla una impresión que no se borró jamás. La niña carecía de distracciones. La familia de Niura era pobre. La niña encontraba un placer especial a la llegada precoz de la primavera, en coger por los campos las campanillas blancas. Ana conservó siempre una especial ternura por esas flores. Su alegría brotaba espontánea con la llegada de la primavera y la aparición de las primeras flores. Corría por los bosques en pos de grandes mazos de lirios que abundaban en esos campos austeros. En verano jugaba alegremente cortando flores y recogiendo las bayas, y en otoño los hongos. Los inviernos de nieves espesas tenían también su encanto. Esta naturaleza penetró profundamente en el alma de la niña que desde esa edad conservó para siempre en la vida ese sentimiento de comprensión y belleza que no la abandonó jamás.
Para los que conocieron a Anna Pavlova le sería imposible remplazar su imagen por una descripción; pero para los que nunca la vieron y para las generaciones del futuro creo necesario hacer una descripción de su exterior, y por eso quiere citar su “Retrato Literario” concebido por el crítico inglés Cyril W. Beaumont.
En su necrología de la Pavlova él escribe:
“Poseía un cuerpo admirable, hecho para la danza. Tenía bellas manos de afilados dedos; sus pies, sobre todo el empeine, eran soberbios. Tenía un rostro pálido y ovalado, la frente alta, cabellos oscuros y grandes ojos color de cerezas maduras. Su cabeza estaba perfectamente bien puesta sobre un cuello de cisne; su expresión tenía algo de poético, de incitante, de autoritario, conscientemente cambiante como el rostro de la naturaleza. Su cuerpo era un instrumento de los más sensibles, respondía a las inspiraciones de la danza y vibraba al menor contacto”.
Al primer golpe de vista la Pavlova en traje de calle no producía ningún efecto. Según confesión de periodistas y espectadores parecía imposible admitir que esta mujer de rostro pálido y de apariencia frágil y delicada pudiese ser Anna Pavlova, la creadora escénica de tantas imágenes llenas de gracia, hechicera y vigorosa maestra del arte coreográfico. Pero al fijar sus ojos en el interlocutor y empezar a hablar producíase un brusco cambio por el milagro de su conquistadora individualidad. Esa gracia extraordinaria la conservaba en su vida privada. Sus movimientos eran tan delicados, tan armoniosos, llenos de tal atractivo, que los que la veían vivir, experimentaban un irresistible sentimiento de seducción tan solo de verla pasearse, o de servir el té o de oírla hablar de cosas banales.
La Pavlova poseía unas manos tan expresivas que tomaban parte en su conversación. La artista ilustraba tan elocuentemente sus palabras y sus pensamientos, que aún los que no comprendían la lengua que hablaba, adivinaban por el movimiento de sus manos de qué se trataba, con todos los más ínfimos detalles, que ella tenía el dón de transmitirlos a su auditor. Su cuello extraordinariamente bello, formaba una línea de una armonía perfecta desde la cabeza hasta los hombros. Las líneas de su cuerpo estaban maravillosamente bien proporcionadas. Hasta su muerte conservó su silueta juvenil que fue el asombro de todas sus modistas. Sus piernas delicadas y finas, sus pies de prodigioso empeine eran fuertes e incansables.
Los periodistas y los representantes de revistas de modas preguntaban con insistencia su secreto: “¿De qué medio se valía para conservar ese cuerpo de muchacha?”.
No le creían cuando aseguraba que comía de todo exceptuando comidas demasiado pesadas y que todo su secreto consistía en la moderación, y en el gran número de ejercicio físicos que contiene la danza.
Otro secreto que intrigaba a los que la rodeaban era la belleza de su piel. En efecto, estando obligada durante años y años a darse un maquillaje diario, ¿Cómo conservaba esa frescura? Los curiosos quedaban desilusionados cuando ella les respondía que en toda su vida sólo había usado la vaselina blanca.
Desde pequeña la Pavlova adoraba a los animales. A su salida de la Escuela Imperial le fue obsequiado un soberbio “Leomberg”. Más tarde el célebre explorador polar Sedoff le trajo de la Tierra Nueva un perro polar (laika) de una belleza excepcional pero muy salvaje; se escapaba con frecuencia de la casa hasta que un día desapareció para siempre. Durante varios años la Pavlova crió un magnífico bull-dog inglés, llamado “Bull”. Todo el mundo lo conocía y era popular en St. Petersburgo; en América se compró un “boston-terrier”, “Poppy”, que durante muchos años nos acompañó en nuestras largas jiras a través de la América del Norte y del Sur.
Una de las causas por la cual la Pavlova había escogido a “Ivy-House” para su residencia, era por su gran jardín a todo el largo del “Golders Green Park”, que daba la impresión que la casa estaba separada de toda la vecindad por un enorme espacio de verdura. Además la sedujo el canto de los pájaros cuando por primera vez visitamos este jardín.
Durante muchos años esa casa había estado deshabitada, el jardín se encontraba en el más completo abandono y los pájaros lo habían tomado como lugar de residencia. Se la limpió, se la transformó varias veces, pero los pájaros nunca la olvidaron. Desde las primeras horas de la mañana se oían sus gorjeos y podía uno imaginarse fácilmente que estaba muy lejos de la ciudad. Adornaron el jardín de “Ivy-House” muchos matorrales llenos particularmente de mirlos blancos y negros, y de innumerables pájaros que se consideraban allí como en su casa en plena seguridad, multiplicándose cada día.
Poco tiempo después de nuestra instalación en "Ivy-House" le regalaron a Anna dos cisnes. El macho se llamaba “Jacques”, un soberbio pájaro grande y huraño, que no permitía que nadie se le acercase. Fue a costa de mucho trabajo que la Pavlova pudo llegar a apresarlo.
Habiéndose habituado a la casa, rodeándose de una gran familia, "Jacques" volvióse más y más familiar y acabó por habituarse a la Pavlova. Ella lo ponía sobre sus rodillas y rodeaba su cuello con el largo cuello del cisne, quien soportaba todo sin protestar.
Una gran discordia brotó entre los cisnes acabando con la paz familiar. "Jacques" le tomó aversión a uno de los cisnes más jóvenes y éste escogiendo una compañera huyó al parque vecino donde fundó un nuevo hogar.
"Jacques", el patriarca de la familia, murió poco tiempo después de nuestra partida. De regreso no encontramos más que tres cisnes; poco tiempo después la mujer de “Jacques" murió a su vez quedando en el nido tan sólo dos cisnes.
VÍCTOR DANDRÉ.
(Traducción Revista “ELITE”, el 12 de mayo de 1934).
Las cenizas de Anna Pavlova colocadas en un columbario, conjuntamente con las de su marido Víctor Dandré, en el Crematorio Golders Green de la ciudad de Londres (Inglaterra).

martes, 1 de marzo de 2016

ALECCIONADOR MENSAJE DEL GRAL. JUAN VICENTE GÓMEZ



Circular a los Presidentes de Estado

De Maracay a Barquisimeto, el 1º de marzo de 1924. –Las 9 hs. 30 ms. a.m.
Señor general Rafael María Velasco B.

Al iniciarse el nuevo periodo constitucional en los Estados, deseo someter al estudio y consideración de usted, algunas ideas sobre Administración Pública, que constituyen la esencia del Programa de la Causa Rehabilitadora y que, lealmente llevadas a la práctica, harán la felicidad de sus gobernados: porque siendo yo el Jefe me toca velar sobre las actuaciones de los Gobiernos regionales, para que se enrumben definitivamente por los senderos de la Paz, del Orden, de la Ley y del Progreso.

El Magistrado es el primero que debe acatar las Leyes, observando así un precepto constitucional y dando buen ejemplo, pues en caso contrario, carece de la autoridad moral indispensable y se relajan los resortes del Gobierno, y como aquellas han sido hechas para asegurar a los hombres honrados y trabajadores la mayor suma de garantías en el ejercicio de las actividades de la vida, y para reprimir y castigar a los malos que la violen y destruyen el concierto armónico de la sociedad, es su más alta obligación ser profundamente respetuoso a las instituciones, rodear de toda clase de seguridades a los elementos sanos y laboriosos, perseguir sin tregua a los transgresores del orden social, cuyos asientos legales son las penitenciarias, tutelar la juventud, prohibiendo enérgicamente a los menores de edad el uso de bebidas alcohólicas y su acceso a casas de tolerancia, obligar a los vagos y mal entretenidos a trabajar, porque la ociosidad es fuente de todos los delitos, hacer una buena organización, porque de ella depende el feliz éxito, y administrar con pulcritud la renta pública para invertirla de acuerdo con las necesidades más urgentes, que actualmente son las vías de comunicación, que aproximan poblaciones diseminadas en extensos territorios y dan fácil salida a los productos agrícolas, pecuarios e industriales, constituyentes de la riqueza pública y privada y base de prosperidad nacional.

Sin buena administración de justicia no es posible la tranquilidad social, y nada significan los esfuerzos del Poder Ejecutivo para mantener la paz pública, cuando los hogares permanecen en constante sobresalto por los atentados de Jueces ineptos o venales contra la libertad individual, la propiedad del ciudadano y los fueros de la vindicta pública; por eso debe tenerse gran cuidado en la selección de hombres para constituir los Tribunales, de modo que sólo ocupen esos puestos los de honor y de reconocida competencia, que sean responsables de sus actuaciones ante la Ley y la opinión pública, que deliberen y juzguen libremente sin intromisiones del Ejecutivo y sin atender recomendaciones o influencias, que casi siempre van encaminadas a la violación del Derecho y producen conflictos de diversos órdenes y suprema trascendencia: debiendo tener igual cuidado en el nombramiento de los Jefes Civiles, quienes por estar en inmediato contacto con el pueblo deben ser personas intachables.

Son estas indicaciones sinceras del Jefe y del amigo sugeridas por mis deseos de bienestar público y de buen éxito en las labores oficiales emprendidas por usted, de ninguna manera elementos dispersos de programas deslumbrantes que se perdieron siempre en el laberinto de la garrulería oficial, y mucho menos anhelos vagos o propósitos vanos de patriotismo fementido, porque, abundante en obras y parco en promesas, mi palabra tiene en la conciencia pública el prestigio de la verdad.

Cordialmente lo saluda su amigo,

J. V. Gómez

Documento original publicado en el periódico “El Nuevo Diario” en 1924.


viernes, 26 de febrero de 2016

ARTURO USLAR PIETRI



El papel de Juan Vicente Gómez en la historia de Venezuela, es de una magnitud extraordinaria. La creación de un Estado Nacional en Venezuela, la integración de una unidad nacional en Venezuela, fue un viejo propósito difícilmente alcanzable en la anarquía que caracterizó al país después de la Independencia. El que completa ese programa realmente es Juan Vicente Gómez, que logra cosas increíbles: logra acabar con la guerra civil que duró 100 años, logra acabar con el caudillismo, crea un Estado Nacional, crea una Hacienda Nacional y crea un Ejército Nacional, sobre esas bases se podía construir una Venezuela democrática y moderna.

Se rodeó de la gente más distinguida del país. En su gabinete figuraron los hombres más calificados científicamente y profesionalmente.

Juan Vicente Gómez, saneó abiertamente la Hacienda Pública. Estableció un régimen moderno de administración y pagó la deuda, es decir, toda esa vieja deuda que venía desde la época de la Independencia, Gómez la canceló. Ustedes me dirán que tuvo el petróleo, claro que tuvo el petróleo, pero a veces hemos tenido el petróleo y lo hemos tenido para hacer disparates y él logró con eso estabilizar al país.

La era petrolera empezó durante el gobierno de Juan Vicente Gómez, que es el hecho más importante de la historia de Venezuela, al traer una industria petrolera poderosa al país. Si esa industria no se hubiera establecido en esa época, Venezuela no hubiera podido tener todo el inmenso desarrollo económico que tuvo.

Me impresionaba del Gral. Gómez la inmensa autoridad de aquel hombre. No había terror en Venezuela. No había atracos. Ha sido una de las épocas en las que hubo más seguridad en el país.

Arturo Uslar Pietri


viernes, 12 de febrero de 2016

HISTORIAS DE CARNAVAL


Por: María Elisa Espinosa y María de los Ángeles Herrera.


TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR



"Eso era bellísimo, con muy buen gusto, mucho color y bastante orden. Nadie hace hoy unas fiestas como aquellas".

Cristina Gómez de Martínez

Si algo se evidencia al revisar las páginas que narran las glorias de nuestros carnavales, es ese sentimiento de nostalgia por tiempos que no volverán.

En un Maracay tan distinto al de antaño, Cristina Gómez apunta hoy la mirada hacia los carnavales de una juventud disfrutada con jerarquía presidencial, siendo una de las hijas de Juan Vicente Gómez. Según cuenta su hija Cristina, el Benemérito disfrutaba mucho los carnavales en Maracay.

Pueden ver el video de los muy alegres, concurridos y esplendorosos carnavales durante el gobierno del Gral. Juan Vicente Gómez. 

Corría el año 1933, y lo recuerda con una precisión y lucidez que se pensaría imposible, ella es ejemplo vivo de que sí se puede, en alguien con nueve décadas de edad cumplidas. Para entonces, justo antes de casarse, sus inquietudes se parecían mucho a las del resto de las damitas de la ciudad.

Recordaba con nostalgia doña Cristina: "Entre ellas las Nouel, las Arráiz, las Uribe... todas juntas compartíamos carrozas. Eso era bellísimo, con muy buen gusto, mucho color y bastante orden. Nadie hace hoy unas fiestas como aquellas.

Recorríamos las principales avenidas de Maracay, pero papá siempre nos mandaba a pasar también por las partes bajas, donde estaba la gente pobre, para que así les lanzáramos a los muchachitos un montón de caramelos. De allí seguíamos a la plaza Bolívar, y en la noche tocaban los bailes en el hotel Jardín, donde está la Casa de Gobierno ahora. Para allá íbamos vestidas de gala siempre, pero la última noche tocaba con disfraces. Recuerdo muy bien uno de española que era una belleza. Estos disfraces nos los hacía Rebeca Lemus en Caracas y los llevaba a Maracay cuando estaban listos. Nos venía a medir a todas. Ella era muy de la casa.

A papá, siempre le fascinaban los carnavales. Se paraba en el balcón para ver pasar a todo el mundo, lo que hacía era reírse y aplaudir. Mamá no se disfrazaba, las señoras nunca lo hacían. En mi caso, me disfracé siempre hasta que me casé. Tenía dos trajes de española, otro de los que llaman de fantasía y no sé cuántos más. Pero todos me los robaron luego de que papá murió, en diciembre de 1935".

(Extracto tomado de la revista "Estampas". Diario "El Universal", el 26 de febrero de 2006).

miércoles, 16 de diciembre de 2015

A LA MEMORIA DEL GENERAL GÓMEZ


(24/07/1857 - 17/12/1935)


Escrito por: Rafael Ángel Arráiz

(Publicado en el diario “El Universal”, el 22 de Diciembre de 1938)

Impresionante multitud del pueblo presente durante el entierro del Benemérito General Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela.

Caracas, 17 de diciembre de 1938. Hace hoy tres años que murió el General Gómez en su residencia campestre de Maracay.

Yo le ví morir. Estuve a su lado durante las horas de su altiva agonía; oí sus últimas palabras; contemplé las expresiones postreras de su rostro moribundo, que delataban la persistente tortura de crueles dolores, mientras contemplaba también intacta en la mesa de noche la ampolleta de sedol que se negó a poner; ví cuando al despedirse de la vida abrió los ojos para besar el Cristo de marfil que manos filiales habían colocado sobre sus labios; y, ya cadáver, besé su frente cayendo sobre ella las lágrimas de mi pena, y estreché entre las mías aquella mano varonil que durante veinte y siete años mantuvo en alto y con gloria y sin que sufriera nunca ni la afrenta de una amenaza, ni la vacilación de una incertidumbre, ni la perspectiva de un peligro, ni el sonrojo de una debilidad, la Bandera que cobijó la sombra augusta del Libertador.

Lleno de solicitud conmovida, presté mi concurso en los preparativos del entierro, que fue cesáreo; y ayudé a enjaezar para la ceremonia en la oficina de sus hijos, que me son tan queridos, aquel su predilecto caballo de fuego como su nombre: Fogonazo, en donde varias veces le vimos erguido pasando revista al Ejército en parada, unas en las llanuras maracayeras, otras en el Campo de Carabobo frente al soberbio Monumento que su devoción bolivariana levantó a la gloria de nuestro Gran Padre y Señor. Metí mi hombro bajo el féretro empenechado con la Bandera Nacional; y contemplé aquella manifestación silenciosa que lo condujo hasta el sepulcro, comparable tan solo en solemnidad a aquella otra manifestación estruendosa que pocos años antes le había tributado el pueblo de Caracas, cuando al juramentar su última Presidencia le condujo desde el Capitolio hasta Miraflores llevándolo casi a cuestas solitario en su carro descubierto de doce cilindros.

Testigo fuí de los acontecimientos de aquellos días. Testigo de las actitudes de sus hombres; de las lágrimas que cayeron sobre su yerto cuerpo; de los gritos escapados de pechos varoniles; de los húmedos ósculos que se estamparon sobre su frente; testigo de todo aquel dolor silencioso, respetuoso, solemne, que rodeó su sarcófago ante el cual se inclinaron espadas y charreteras, frentes y corazones. Y cuando le dejamos allí, al abrigo de las florestas risueñas de Aragua que el amó tanto o más que a sus nativas montañas andinas, legó a la nación el tesoro de ese brillante Ejército que constituye el orgullo primordial de la República, el sostén y seguridad de la patria, la perdurabilidad de las instituciones, del hogar, de la familia, de las tradiciones venezolanas, de la majestad de la Bandera que ampara el reposo de nuestros Héroes.

Ahora después de tres años al volver a la Patria, he recorrido todos aquellos sitios y las cosas grandes que dejó a su paso y que eternizan su memoria; así como las cosas humildes como su vida que le eran familiares, desde el retiro campesino que le prestó refugio hasta el lecho angosto y de hierro sin cortinajes donde rindió sin una queja su vida. Allí, en medio de las campiñas aragüeñas, fue donde con sus propias manos colgó de los cintos varoniles las espadas que hoy son el sustentáculo de la paz, y desde allí mantuvo siempre, como una advertencia, montada su guardia de leones en las patrias fronteras para asegurar la integridad nacional.

Y es también ahora, a los tres años de su muerte, que me toca a mí, a un hombre civil que le sirvió lealmente, responsablemente, y con un absoluto desinterés, dejar sobre su tumba estas frases de consecuencia a su memoria, en medio de la tempestad de ultrajes desatada contra ella y que es hija del contubernio abominable del despecho impotente de la demagogia destructora.

Largos años estuve al servicio del Gobierno que presidió el General Gómez en cargos de confianza y teniendo a veces en mis manos la autoridad ejecutiva. Jamás recibí de él la más pequeña insinuación que me obligara a saltar por sobre los límites de la equidad y de la corrección; antes por el contrario, y yo no tengo reparo en declararlo así, cuando me fue indispensable tal vez extralimitar la acción en defensa de los intereses públicos puestos bajo mi responsabilidad, tuve siempre necesidad, para no desmerecer en su confianza, de aclarar mis actitudes y de justificar mi conducta. Nunca le oímos sino recomendar a sus servidores el buen comportamiento; y no fueron pocos los amigos de su cariño, y hasta familiares muy queridos, a quienes relegó para siempre de su lado como consecuencia de injustificados procedimientos. Le serví en la más alta representación diplomática y estuve como Delegado del país en Conferencias Internacionales donde se ventilaron graves cuestiones que interesaban a la República. Y al recordar este honor, lo hago para afirmar que siempre junto a su memorándum de instrucciones, venía de parte de él este mensaje encendido como una antorcha de fiel nacionalismo: “Somos amigos de todos, pero más que amigos de Venezuela; y a la hora de defender los intereses de Venezuela, no somos amigos de nadie”.

Durante los largos años también viví a su lado sin dejar de verle y de oírle un solo día, durante varias veces. En esa permanencia a su lado tuve oportunidad de acumular un precioso material que anda por ahí casi organizado, con el cual espero contribuir en su hora al conocimiento de hechos y sucesos de nuestra historia política, acaso sensacionales. En esos trabajos figuran sus hombres y la colaboración que le prestaron; los proyectos que acarició y que en su mayor parte fracasaron por el estatismo y la inercia de algunos; sus anhelos por engrandecer el trabajo y la vida del campesino y sus necesidades, que siempre puso por encima de las del obrero; y hasta sus visiones atrevidas de renovación política hijas de su mirada de águila. Hasta hay en ese material cosas regocijadas que pertenecen al género chico, que de todo tuvo a su lado: desde el hombre de acción siempre listo para el sacrificio por la patria, hasta el tipo pintoresco que vivió arrimado a la sombra de su luz, y el consumado actor que supo representar su farsa y que nunca prestaron ni una idea, ni un esfuerzo, ni una iniciativa, a la obra del bien público. En medio de todos fue el único que siempre estuvo en su puesto sin desorbitarse un solo instante. En la hora risueña, como en las horas de tragedia, se encogía de hombros y con elegante desdén escuchaba la algarabía estruendosa de los farsantes. Tenía la conciencia de su destino; y siendo como era un hombre de extrema humildad, de una modestia insuperable que no alteraron nunca los halagos de la vanidad, para representar a la patria, a la Magistratura que ejercía, al poder público confiado a su pericia, invistió su figura de una majestad respetuosa, de una incontrastable autoridad, de un atributo de mando que no le abandonó ni cuando estaba tendido en su urna funeraria. Como Jefe de Estado, en toda su vida y en cualquier instante de ella, guardó la postura altiva de quien está oyendo el Himno Nacional o agitando en sus manos la Bandera de la Patria. Por eso nadie antes que él dió nunca el primer paso. En medio de los pro-hombres que le visitaban a menudo para rendirle pleitesía: Mariscales de Francia; Caudillos victoriosos que mandaron legiones en la Guerra Mundial; Jefes de Estado; Ases de la Aviación; políticos notables; Literatos de fama; hombres de ciencia; diplomáticos; mitrados; millonarios; grandes poetas; todo lo que es en fin orgullo y prez del mundo moderno que pasó por su lado, sintió enseguida el desconcierto de su personalidad extraordinaria ante la cual ninguna apareció nunca más alta. Hasta cuando llegó a su poder como una ofrenda la espada veterana de Tannenberg, la supo empuñar con su mano fuerte de venezolano auténtico.

Nunca le oí en los años que pasé a su lado pronunciar una palabra malsonante; ni nunca le ví humillar a nadie; ni hablar mal de nadie; ni tolerar que en su presencia se hablase mal de nadie; así fuese de sus más enconados enemigos, a quienes siempre consideró hombres resueltos. La disciplina de su vida fue perfecta, y se la infundió a todos: a sus hijos y a sus servidores, a jueces y soldados, a civiles y militares. Fue el primer gobernante que llevó a los más altos cargos de la milicia y de la magistratura a los hijos del pueblo que habían sabido iluminar su vida por el trabajo, por la eficacia, por la competencia y las virtudes. Hijo del pueblo como era, de genuina extracción popular, nacido en la montaña y desde niño en lucha perenne con la existencia hasta llegar a la cumbre donde llegó y poder “entrar a caballo en la historia”, su vida constituye la más alta expresión del triunfo del personal esfuerzo, el ejemplo más elocuente de hasta donde es capaz de llegar el hijo del pueblo venezolano cuando lo alientan y fortalecen las virtudes de la fe, de la constancia y del honor. No en balde, ni por obra de las casualidades, se manda veinte y siete años en un país como Venezuela, ni se gobierna con la autoridad con que supo hacerlo el General Juan Vicente Gómez, sin poseer un magnífico tesoro de extraordinarias dotes. Quienes tratan de empequeñecer su personalidad de venezolano, lo que hacen es reducirse ellos mismos al oscuro rincón de su propia insignificancia.

Esta pequeña página de recuerdo se la debía yo al General Gómez por un imperativo de gratitud, que es para mí la suprema moral humana. Fuera de la estimación con que me honró, del apoyo que le prestó como un lazarillo ideal a los primeros pasos de mi juventud, agrego para cerrar estas líneas, un desahogo de mis personales sentimientos que justifica la inquebrantable fidelidad de mi recuerdo. Y es el siguiente:

Estaba yo postrado en la Clínica de los Mayo esperando ser sometido a una operación considerada mortal. Advertido de este peligro por la voz de la sabiduría y de la ciencia para que tomase las providencias del caso desesperado, seguro de morir, puse entonces bajo el amparo de la piedad del General Gómez el único tesoro que he tenido en mi vida y que son mi noble compañera y mis hijos. La respuesta no tardó horas. “Opérese tranquilo, que en caso desgraciado yo velaré por su familia”.

Entonces, ante aquel despacho que me venía de la patria lejana envuelta en el vago perfume de la esperanza, me tendí tranquilo en la mesa de operaciones de la célebre Clínica que es un orgullo de la humanidad. Había desaparecido la preocupación torturante de mis pensamientos ante aquellas frases finales del cablegrama, cuyo valor yo conocía.

En efecto, no había realidad comparable a una promesa del General Gómez; ni nada más seguro que su palabra; ni nada más firme que su diestra tendida; ni nada más leal que sus brazos abiertos.

RAFAEL ÁNGEL ARRÁIZ

  El Arzobispo de Caracas, Monseñor Rincón González, acompaña el cortejo fúnebre con los restos del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, por las calles de Maracay junto con la multitud del pueblo.

El féretro del Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, siendo conducido a hombros por las calles de Maracay. Sobrevuelan cuadrillas de la Aviación Militar Venezolana en homenaje a su Fundador ante la gran concurrencia del pueblo venezolano. Varias carrozas portan coronas fúnebres como expresión de admiración, cariño y recuerdo.

El Presidente de la República de Venezuela, Benemérito General Juan Vicente Gómez, recibiendo los máximos honores militares en el Panteón de la ciudad de Maracay en donde reposan sus restos.

Pueden ver los siguientes videos históricos:

Juan Vicente Gómez: Tiempo y figura.

Juan Vicente Gómez, recordado por su pueblo.

Juan Vicente Gómez: Semblanza histórica.

El Panteón del General Juan Vicente Gómez.


lunes, 14 de diciembre de 2015

EL HOMENAJE DE GÓMEZ A BOLĺVAR


La inédita carta del General Juan Vicente Gómez, ordenando cancelar toda la Deuda Externa de Venezuela como homenaje al Libertador Simón Bolívar en el Centenario de su muerte.

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Maracay, 22 de Mayo de 1930.
Señor Doctor Juan Bautista Pérez.
Presidente de la República.
Caracas.

Cuando el 19 de diciembre asumí la Primera Magistratura de Venezuela, sin que me envanecieran los halagos de aquella posición, vi con mis ojos y sentí con mi corazón de hombre acostumbrado a recibir las lecciones del trabajo, la necesidad de dedicar especial atención a dos problemas cuya resolución consideré de vital importancia para la marcha del país hacia un futuro de felicidad permanente y de positivo bienestar.

El uno de esos problemas era de carácter político: unir a los venezolanos sin distinción de partidos, en el seno del Gobierno y bajo la gloriosa de la enseña tricolor para trabajar juntos por el progreso de la Patria en que nacimos y en la cual se cifran nuestros mutuos anhelos y nuestras comunes esperanzas.

Se relacionaba el otro con el orden económico del país y con los serios compromisos que pesaban sobre el Erario; compromisos que consideraba agobiantes, dado los recursos con que entonces se contaba para atender a los diversos servicios de la administración pública.

Una labor constante y metódica me permitió realizar aquellos honrados propósitos, y de ello dan constancia la abrumadora elocuencia de los hechos cumplidos.

Los partidos políticos, sin renegar de sus doctrinas, dieron tregua a sus querellas en aras de la paz. Se extirparon los hábitos del politiqueo, las luchas anárquicas que envenenaban al ciudadano, el desorden establecido como sistema. La República cumplió sus obligaciones y levantó su crédito. La República siempre pagó con religiosa puntualidad, quedando reducida a Bs. 52.791.295,83 para el 1º de enero del presente año dividida así: por Deuda Interna Bs. 28.445.384,56; y por Deuda Externa, Bs. 24.345.911,27.

Tenía la Deuda Pública para mí, por sobre todas las consideraciones, el sagrado interés de sus orígenes, puesto que databa en sus comienzos de la guerra de emancipación. Errores, teorías inadaptables, cálculos ambiciosos y la sangría de las guerras civiles, la habían llevado para el 1º de enero de 1909, a la enorme suma de Bs. 210.307.281,68.

Cuando busqué en mí mismo el remedio para aquella situación de desorden y de anarquía, lo hallé en la conciencia del deber y en la obligación que tenemos todos los venezolanos de ser fieles a la obra de los Libertadores. Si ellos realizaron la independencia política - me dije entonces -, yo debo completar su obra, realizando la independencia económica, fundando la paz y organizando la hacienda pública, para hacer que el Crédito de la Nación se levante vigoroso del estado de abatimiento en que se halla.

La Providencia, que ha velado siempre porque mis designios se conviertan en realidad, puso en mis manos la autoridad necesaria, el afán tesonero y la exactitud de mis previsiones para poder realizar esa magna empresa de reconstrucción y patriotismo.

La Causa que dirijo se convirtió en causa nacional, compenetrándose con el adelanto de la República. En cada una de las grandes fechas que señalan el ciclo de la Epopeya Libertadora a través del Continente, pude presentar en paz a Venezuela, señalándose por nuevos avances en el camino de la civilización y del progreso; y pude anunciar a mis compatriotas que el crédito de la Nación se afirmaba sobre bases inconmovibles y que su Deuda disminuía gradualmente, en cifras considerables, si se tomaba en cuenta que nunca dejó de atenderse con largueza a los demás ramos de la administración, que en ningún caso se ocurrió al expediente de empréstitos nacionales ni extranjeros, y que siempre se ha conservado un excedente considerable en la Caja del Tesoro que hoy alcanza a más de cien millones de bolívares.

Hoy, cuando Venezuela toda y con ella la América y el Mundo, apréstanse a conmemorar como uno de los hechos más importantes de la Historia Universal el Centenario de la muerte de Bolívar, Libertador y Padre de la Patria, creo que la mejor ofrenda, la más grata y perdurable a su memoria sea la cancelación total de la Deuda Externa, suceso insólito por el que el país adquirirá nuevo lustre y decoro. Para tal efecto, me permito insinuar la idea de colocar en la Ley de Presupuesto que va a ser sancionada por el Congreso Nacional, la suma correspondiente al pago total de la Deuda Externa, que será alrededor de diecinueve millones de bolívares, a la cual quedará reducida al término del actual año económico.

La obra de Bolívar estará así completa, puesto que la Patria que él soñó libre, próspera y feliz, se alzará ante el mundo en el pleno goce no sólo de su soberanía política, sino también de su independencia económica por la redención de sus compromisos que asegura la integridad de su crédito. Con orgullo lo anuncio a mis compatriotas, y debo considerar este paso como la cumbre de mis afanes por la grandeza de mi Patria, de cuyos años entrañables he recibido las lecciones de energía y perseverancia con que me ha tocado en suerte realizar los anhelos del Libertador.

Juan Vicente Gómez
Cancelación de la "Deuda Exterior" de Venezuela 1930.

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Caracas, 22 de mayo de 1930.
Señor General Juan Vicente Gómez.
Comandante en Jefe del Ejército Nacional.
Maracay.

Tengo el gusto de referirme a su importantísima comunicación de esta misma fecha, por la cual se sirve Usted indicar, como una medida de patriotismo, la cancelación total de la Deuda Externa que pesa sobre Venezuela, en homenaje a la memoria del Libertador y Padre de la Patria en el primer centenario de su muerte.

Educado y formado Usted en el campo de trabajo, cuando la fuerza incontrastable de los sucesos y del destino lo lanzó al escenario de la vida pública y asumió la responsabilidad de la suerte y porvenir de Venezuela, buscó Usted en su experiencia y antecedentes individuales, motivos y orientaciones para las nuevas funciones que deberes superiores de aquella posición abrían a su actividad y energías. Sabía Usted que una sólida base económica comunica al hombre y a los pueblos, la respetabilidad, la autoridad moral y el poderío necesarios en todas las actividades de la vida personal y colectiva; y al contemplar el cuadro de aniquilamiento y postración en que yacía Venezuela agobiada por las luchas anárquicas de los partidos y bajo el peso de una Deuda de más de 210.000.000 de bolívares proveniente en parte de préstamos posteriores, acarició, en un sueño patriótico, la posibilidad de lograr la independencia económica de la Patria, que juzgó entonces y juzga ahora, fundamento, causa y condición de su independencia política efectiva.

Bajo la inspiración de este anhelo supremo y con la fe en la eficiencia de las causas justas que nunca lo ha abandonado, inició sus labores de organización política y administrativa, sencilla y natural, pero constante e intensa. Dentro de ella han transcurrido cerca de 22 años, durante los cuales Venezuela ha presenciado el desarrollo de ese proceso, gradual, evolutivo y ordenado, realizado por la Causa Rehabilitadora que Usted preside.

En la hora precisa en que se cierra la primera centuria de haber quedado Venezuela privada para siempre de la dirección de su inmortal fundador, y entregada, por suerte impía, al furor y saña de los partidos, puede Usted anunciar, que lo que fue un sueño en sus ideales y lucubraciones de patriota, es hoy hermosa y deslumbradora realidad, porque con el pago total de la enorme Deuda Externa que pesaba sobre la República, reducida hoy a la suma de diez y nueve millones de bolívares, queda consumada la redención económica de Venezuela, y afirmada y garantizada con ella la independencia política que nos legara el genio de nuestro Padre y Libertador a quién Usted consagra, y con Usted el pueblo de Venezuela, como la mejor ofrenda y homenaje en la ocasión solemne del Primer centenario de su muerte, este triunfo de la Patria, de la Causa y del trabajo.

En mensaje especial he presentado al Congreso Nacional, la brillante y patriótica iniciativa de Usted, y el Cuerpo Soberano de la Nación acogió con aplausos la bella idea para considerar su efectividad, incluyendo en la próxima Ley de Presupuesto la partida correspondiente a la cancelación total de la Deuda Externa.

Juan Bautista Pérez.

Pueden disfrutar los siguientes videos históricos:

 Juan Vicente Gómez cancela la Deuda en 1930.


 Juan Vicente Gómez y su gran importancia histórica.


 Juan Vicente Gómez y su fecunda labor administrativa.